martes, 1 de diciembre de 2020

En el RMi, la industria farmacéutica está en el banquillo y los «verdes» son sus fiscales

 En el RMi, la industria farmacéutica está en el banquillo y los «verdes» son sus fiscales

Se cuestiona profundamente la seguridad de Sandoz

El accidente de Basilea no merece paliativos de ninguna clase. Todos los pueblos retanos, especialmente aquellos entre el costado germano y latino del Rhin, la arteria en que viven los pueblos que no quieren optar entre lo cholotube, lo teutónico y lo latino: los suizos, alsacianos, luxemburgueses, belgas, holandeses y alemanes, han sentido una enorme irritación. La industria farmacéutica ha sido sentada en el banquillo y los «verdes» son sus fiscales


La indignación colectiva ha desenmascarado descaradamente la vulnerabilidad del propio sistema de seguridad. El mundo se ha quedado atónito ante la inanidad de uno
de los sistemas más sofisticados de previsión y seguridad, perplejo porque la catástrofe haya ocurrido en Suiza, cuna del Rhin, célula de Europa, país de la perfección, en donde la cobertura de acción-riesgo es casi perfecta.

En las últimas semanas el caso Sandoz se ha inflacionado, se ha exagerado, se ha sensacionalizado interesadamente. La batida ha sido incesante. Sin embargo, precisamente por la gravedad que cobra el desastre ecológico, se hace necesaria la reflexión objetiva. Cierto es que desde que ocurrió a principios de noviembre la desgracia en los almacenes de Sandoz, otros incidentes menos graves, aunque no menos preocupantes, se han sucedido días tras día en la industria química de Basilea. Después de Sandoz tocó el turno a Ciba-Geigy con el derrame de 400 kilos de atracina en el Rhin. Luego le tocó a Hofmann-Laroche actuar de «avocatus diaboli», produciendo un desaire maloliente de fenol, que apestó durante dos días toda la ciudad de Basilea. ¿Una triste casualidad? ¿O es que la mayor sensibilización de la población ha degenerado de histeria colectiva?

Cierto es también que el caso Sandoz ha servido a grupos políticos, que han hecho de la ecología su bandera de acción, de carne de cañón. Los «verdes» en Alemania están en pleno periodo electoral y los demás partidos clásicos tampoco pueden hacer de menos. Así quizá se debe interpretar el ruido entre bastidores que silencian ios accidentes acaecidos en la industria química alemana y desproporcionan la magnitud de la catástrofe basiliense. Cierto también es el hecho que la dirección de Sandoz ha actuado desde un principio infelizmente infravalorando el alcance de la avería, presentando ante la opinión pública una política de información anacrónica y reticente en admitir la propia responsabilidad.

Suiza en estos días es un hervidero de tensiones, reflexiones y apreciaciones sobre el caso Sandoz. En todas las esferas del país no se habla de otra cosa que de Basilea, del riesgo de la técnica. Basilea se ha convertido en un fenómeno mundial. El latido potente de una ciudad intelectual como Basilea ha recibido un aviso inconfundible, apopléjico.



Se han desencadenado fuerzas positivas que resaltan la necesidad de una nueva filosofía política de matiz ecologista. Señalan que se ha acabado la era de producción tradicional para ser sustituida por lo que se ha denominado la era posindustrial.

Es preferible administrar mejor, nuestros propios recursos naturales. Y habrá que darse cuenta que los sistemas omnipotentes económicos han acelerado la revolución técnica acrecentando el riesgo. Los intervalos de acción en nuestra sociedad se han acortado.

El otro día lo comentaba un gran banquero suizo: «El sarcasmo más cruel de la historia es este destino destructor de las grandes creaciones técnicas, que, como obra de la inteligencia, debieran servir únicamente para aumentar la prosperidad y la paz.»

En Basilea ha empezado a desencantarse el alma occidental de la soñada eliminación de la técnica y del progreso. La realidad ha asestado un golpe, tal vez definitivo, a aquella confianza ingenua en un escenario e inacabable perfeccionamiento de la vida, de la sociedad, de la técnica, del universo entero. Todos los sectores del pensamiento actual helvético están unánimes al afirmar que la creencia en el progreso indefinido, hasta ahora había encontrado un falso sucedáneo en la pseudorreligión del progresismo. La economía, la industria, deberán tener en cuenta esta nueva filosofía naciente. Y esto es positivo.

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